Disponibilidad: 13 a 15 octubre 2017
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El improvisado vampirismo del siglo XXI sólo podía incubar en el estiércol de la ciudad de Nueva York, cubierto de brillantes premios de cristal y lamentablemente apoyado por generaciones de cadáveres abatidos y huecos. “Si te quedas aquí el tiempo suficiente también serás bautizado por la suciedad, la mierda y la enfermedad, al igual que una rata en este glorioso agujero” escupe Samantha Riott. Ella, nativa de Queens, vidente y hacedora de cosas de las que se pretende saber y de hemorragias dañadas de la verborrea desde el punto de vista de un malévolo Last Poet. Ella es el cerebro de Rodenticide. Una banda que sirve como una extensión corpórea de su avaricia a través de los vasos de la carne circundante, la madera y el metal, agitando como tentáculos alienígenas y pegajosos fuera del perímetro de seguridad. Por su agradable poesía tienes la sensación de ser un consumidor, penetrando al principio tus orificios con relatos salaces hasta ese instante en el que te das cuenta que estás a punto de entrar en una verdadera conmoción, no como la materia fabricada de nuestros alimentos diarios. Eso es hacia lo que Samantha trabaja. 
Isaiah Richardson Jr. es quien flanquea a Samantha a su izquierda, un erudito de instrumentos de viento tan hábil en su arte que puede sonar a Brötzmann o Gayle y el himno nacional japonés seguidamente. Su contrapunto de caballero al ala de Samantha con punta lejana es extraordinario, un profesional consumado pero también único. 

Richard Lenz, flanquea a Samantha a su derecha, con una guitarra aparentemente maltratada y profana, destruyendo en astillas cada nota, sólo para ser resucitado entre clavos y cinta aislante. El tono que exprime posee una ojerosa onda entre Arto Lindsay y Harry Pussy o Bill Orcutt bebiendo el jugo y sacudiendo el registro superior que corre directamente hacia la alcantarilla. 

Chris Pitsiokos, revuelve la mantequilla desde atrás con un par de baquetas que suelen terminar en algún lugar de la sala saliendo del ojo de alguien. Más conocido por su excelente trabajo con Weasel Walter y Philip White, sus golpes parecen liberar a su interior más mocoso mientras hace intentos por permanecer sentado y no desviarse de la posición de mando, terminando debajo del instrumentos porque habitualmente se lo acaba echando encima. 

Lo que acabáis de leer se referirá a la formación clásica de Rodenticide en el futuro, la que convirtió cada lugar de Nueva York en el que han tocado los últimos dos años en fragmentos de vidrio roto, piel sangrante y corazones destrozados. Samantha, Isaiah, Richard y Chris. Como un racimo de garras dentadas de insectos que buscan masticar sus corpúsculos, Rodenticide no tiene comparación posible. Romantizar los excesos y la combustión sintonizada en una tormenta perfecta es lo que se está cocinando aquí y ahora.  
Tony Procaccino 


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